jueves, agosto 30, 2007
El travesti ético
Luciano Cruz Coke, el hombre que en cada entrevista se queja de lo injusto que fueron con él en sus inicios profesionales y nos ilustra sobre lo chori que son sus antepasados (y la penita que les da que uno haya perdido una elección) ha explicado que la razòn para que su personaje en los Roldán/Fortunato sea un fiasco sobre tacones se debe a que "En Chile no hay travestis tan conocido para hacer el personaje". Bueno, claro, supongo que a eso se debe que la audiencia nacional en lugar de tener a una digna versiòn de Florencia de la V deba conformarse con esa suerte de numeraria abajista que hace Cruz Coke. Por lo visto en lugar de buscar inspiración en Katiushka Molotov, Francine Francoise, Maureen Junot o Los Quintana el hombre que estudió en The Actor´s Studio para que la escena nacional lo respetara escogió copiarle el look a alguna prima con problemas hormonales.
Lo realmente subversivo de la versión chilena de los Roldàn es ver a un Tagle y un Cruz Coke haciendo de gente como uno. El ingreso del cuico a las tablas es un fenòmeno interesante. El actor cuico como que no busca calle en Santiago, se va lejos, en donde tener el pelo clarito no es gracia, y luego, antes que se transforme en alguien interesante vuelve. Ambos nos han regalado a travès de la prensa de sus vidas simples en Barcelona y en Nueva York, en donde eran (què curioso) completamente desconocidos. Retornan con ideas nuevas aireados, cosmopolitas, con una perspectiva amplia del mundo, el nuevo enfoque que da ser un don nadie en un país extranjero y, claro, se casan (con Aninat y Valdivieso). Y encima ensanchan su "registro actoral" a costa de uno.
Yo creo que esta es una buena oportunidad de hacer de la causa transgènero un movimiento transversal de clase y poner en alarma la nueva estrategia de dominación en marcha. Arianda, Francine, Nicole y DJ Kamile debieran tomar cartas en el asunto y armar la Drag Revolution que Chile necesita.
domingo, agosto 12, 2007
Las siete diferencias

Hay un tipo de vieja fruncida que pareciera estar permanentemente pendiente de parecer fina. Es la vieja de la crema lechuga y el prendedor dorado en la solapa que le da cosa salir a la calle, la vieja de la chauchera y el pañuelo en la manga que se delínea la ceja y que siempre cree que algo puede ser mejor, más ordenado y elegante. Por eso la vieja fruncida adorna, porque cree que en el adorno está la gracia. La matriz ideológica de la vieja fruncida tiene vastos ámbitos de influencia que traspasan las fronteras del living con elefantes de loza. Uno de los menos explorados es el de la sabiduría de la vieja fruncida, el gesto intangible que la delata en su pavorosa autocomplacencia y su escalofriante distorsión de la realidad. Ella se juzga espiritualmente superior y así actúa, moviéndose en el mundo como un cascabel de cursilerías sumamente atingentes, funcionales y acríticas. Como una granada en contra de la inteligencia y de la creatividad. Como un psicotrópico de uso extensivo que le permite ir por la vida ladrando permanentemente su propio nombre como ejemplo de vida.
Hoy leí con una mezcla de espanto y desconcierto la carta con que Bolocco Fonck decidió conmemorar la muerte de Diana Spencer. Y creo que la clave de su desgracia es esa matriz que asimila el pudor a la mecánica del esfínter contenido y la profusión de gestos inconducentes y vacíos. Es de nuevo el adorno falso. La cursilería como sinónimo de buen tono y la profusión de los puntos suspensivos como estrategia para disfrazar que se tiene tan poco que decir que más vale la pena hacer pensar que lo que se tiene que decir es tan profundo y denso que hay que concentrarlo en el misterio de los tres puntos.
Por último, no sé si la señora Bolocco habrá jugado alguna vez a las siete diferencias, pero vale la pena acotar que para poder jugar ese juego en principio deben haber más similitudes que divergencias. Y hasta donde yo sé Bolocco no es ni rubia ni se casó nunca con un príncipe.
PS: Si Marrochino conoció a Pinochet el 85 y trabó amistad con él y después conoció a Bolocco en la organización de Miss Universo valdría la pena preguntarse si Marrochino era parte de la organización cuando la señora Bolocco fue elegida en 1987.
Hoy leí con una mezcla de espanto y desconcierto la carta con que Bolocco Fonck decidió conmemorar la muerte de Diana Spencer. Y creo que la clave de su desgracia es esa matriz que asimila el pudor a la mecánica del esfínter contenido y la profusión de gestos inconducentes y vacíos. Es de nuevo el adorno falso. La cursilería como sinónimo de buen tono y la profusión de los puntos suspensivos como estrategia para disfrazar que se tiene tan poco que decir que más vale la pena hacer pensar que lo que se tiene que decir es tan profundo y denso que hay que concentrarlo en el misterio de los tres puntos.
Por último, no sé si la señora Bolocco habrá jugado alguna vez a las siete diferencias, pero vale la pena acotar que para poder jugar ese juego en principio deben haber más similitudes que divergencias. Y hasta donde yo sé Bolocco no es ni rubia ni se casó nunca con un príncipe.
PS: Si Marrochino conoció a Pinochet el 85 y trabó amistad con él y después conoció a Bolocco en la organización de Miss Universo valdría la pena preguntarse si Marrochino era parte de la organización cuando la señora Bolocco fue elegida en 1987.
sábado, agosto 11, 2007
Maniobras orquestales en la oscuridad

Hoy murió Tony Wilson, creador de Factory Records, el sello de Joy Division, New Order, OMD y Happy Mondays (nadie es perfecto). Wilson fue periodista, productor musical y dueño del club-discoteque Hacienda en Manchester. Parte de su vida se puede ver en 24 hour party people. Wilson participó en la producción de Electronic y fue el responsable de que el diseñador Peter Saville hiciera las mejores portadas de discos de los 80. En 24 hour party people hay una línea de Wilson que alguna vez me hubiera gustado decir a mi: "Estoy siendo posmoderno antes de que se ponga de moda".
viernes, agosto 03, 2007
Gente buena con puñales ensangrentados

Antes de ser Tanto Gusto, cuando todas las cosas que comparto con ustedes las guardaba en mi libretita Hello Kitty rosa y púrpura (con glitter y estrellitas) yo era un poco alcohólico y bastante más chusco. Eran tiempos remotos, Britney triunfaba con su primer single y comer en el Liguria confería cierta onda. En esa época con olor a vodka conocí un joven que insistía mucho en que él disfrutaba de las cosas simples de la vida. Manoseaba constantemente aspiraciones de simpleza, belleza, tranquilidad y equilibrio. Sobajeaba sustantivos de pequeña-casa-en-la-pradera que yo trataba de pasar por alto porque en el fondo me daban urticaria. Él quería insistentemente parecer bueno, generoso, tranquilo y, no conforme con eso, publicitar su alma de santo rústico. Como un pequeño pony silvestre y sonriente pastando en ese límite difuso entre la placidez y el retardo mental. Y uno, que no escapó de la provincia para venir a escuchar el trino de los gorriones, escuchaba con hastío disfrazado, como quien le ofrece un sacrificio a la virgen de Lourdes. Pero en fin. Me resigné, traté, me esforzé, conté hasta veinte y ocurrió lo que tenía que pasar: me traicionó. Bueno, no fue una gran traición. Digamos que me sirvió de excusa porque ya no podía con el aburrimiento, pero como sentirse un poco víctima ayudará sin duda al guión de mi biopic, hice el papel de ofendido un par de semanas. Sacrifiqué algunos días de mi amargura habitual y los teñí con esa tristeza épica y a la vez patética que confiere la cornamenta inesperada del infiel. Reflexionando sobre el recuerdo, sobre mi mismo, sobre la bondad fingida y la buena onda gratuita llegué a la conclusión que en el fondo yo soy mala gente porque soy buena persona. El bueno silvestre me huele a comunidad ecológica hippie, a esa espiritualidad de las cosas simples que en el fondo es hipocresía y menosprecio por el resto.
Pero sin duda lo mejor que se puede rescatar de mi paso por el planeta de los principitos mutantes y del síndrome de la pequeña casa en la pradera es la escena en que uno dice: No quiero saber de ti nunca más.
Pero sin duda lo mejor que se puede rescatar de mi paso por el planeta de los principitos mutantes y del síndrome de la pequeña casa en la pradera es la escena en que uno dice: No quiero saber de ti nunca más.


