miércoles, junio 27, 2007

Las 7 pesadillas


El gringo no te visita Chile, te visita el paisaje. Te visita el fiordo, el desierto, el poblado étnico, la pascuense del sau sau, el moai, el salar, la caída de agua, incluso la ruca y la machi. Se entusiasma con el ciudadano étnico asumido, los niñitos aymaras de cachete colorado, el mapuche de ceño fruncido, el lugareño pintoresco. Pero el gringo no te visita lo que se dice la República, porque la República -todo eso contruido por el chileno y la chilena- por lo general es feo. No es distinto, ni exótico. Tampoco es creativo ni folclórico, sino simplemente feo. Horrible en algunos casos. Furiosamente horripilante en otros. ¿Existe algo que pueda explicar la existencia de Calama, de Tal Tal, de Alto Hospicio, de Osorno o Chillán ? El Faro de Apoquindo, gran parte de Vitacura, y las torres de alta tensión de Alonso de Córdova son ejemplos para postular la transversalidad del fenómeno. El chileno te afea, te empaña, te encochina el paisaje. Te lanza los pañales por la carretera, te pone monolitos en los cruces, te instala vírgenes de yeso en el primer cerro que encuentra, te construye con rabia sorda, te planta el árbol reseco en la vereda de pastelones disparejos, te adora el sitio eriazo, la cloaca a campo traviesa, el block en el descampado junto a la multicancha pichanguera, la rotonda con un jardín en medio que nadie puede usar. El chileno no urbaniza, sólo aglutina, decora y adorna. Te pone la blonda, te amonona y se resigna.







viernes, junio 15, 2007

Las herederas


Una de las debilidades más dolorosas de la feria de celebridades nacionales es la carencia de herederas. Las herederas marcan la diferencia entre una sociedad civilizada y una como la nuestra. La riqueza antigua, saca lustre, marca hitos, establece referencias, entretiene y alivia tensiones. Franco olisqueando su ambición infinita se casó con una heredera que amortiguó su origen oscuro y lo emparentó con cierta hidalguía española. Provinciana, pero terrateniente. Pinochet masticando su miseria ontológica se casó con una mujer que trató de convencernos durante décadas que su padre era un importante político radical, que tenía fundo en el sur y que era de mejor linaje del que aparentaba su peinado de peluquería barata y su sonsonete de dueña de casa histérica.

La cortapisa para nuestro desarollo están no tan solo en la encuesta Casen, sino en el déficit históricos de millonarias en el sentido Rockefeller de la palabra. Y no estoy hablando de belleza. La Duquesa de Alba es fea pero no le importa porque es muy rica y carga tantos títulos nobiliarios como cirujías. Cristina Onassis, por el contrario, era fea y eso la hizo miserable porque la suya era plata nueva, de una generación. Su abuela seguramente cuidaba cabras entre olivares mientras Aristóteles saqueaba alguna lechería vecina. Si hubiera sido fortuna antigua, como la de Gloria Vanderbilt, jamás se habría permitido engordar y menos terminar varada como ballenato en una tina. No. La heredera puede tener un fin trágico pero siempre logra dejar una marca lo suficientemente profunda que aminore la exhibición de patetismo. Eddie Sedgwick fue bulímica, anoréxica, alcohólica y murió adicta, es cierto, pero mantuvo siempre el sentido de la posteridad logrando a través de sus relaciones teñir con talento ajeno la escasez del mérito propio. Nuestro país tuvo alguna oportunidad con Eugenia Huici de Errázuriz, la financista de Picasso, pero la mujer tenía tan enquistada la idea de vestirse como carmelita y comportarse como si estuviera en el campo de su familia en Chile que no pasó de ser una sudamericana medio tonta, pero generosa y con buen ojo para el arte. Encima murió pobre en La Calera y transformada en una de esas anécdotas nacionales equivalente al segundo lugar de Manuel Plaza en las olimpiadas o el vicecampeonato de himnos nacionales(después de la marsellesa, dirá el enterado). Hay herederas de familias empobrecidas que, sin embargo, logran un entrenamiento eficaz para encontrar maridos con liquidez. Esta el caso de las hermanas Bouvier: una se caso con un político que llegó a ser presidente y la otra con un noble polaco millonario. Ambas transformaron la debilitada fortuna familiar en poder social, cuentas bancarias y una colección de apellidos: Jacqueline Bouvier Kennedy Onassis y Lee Bouvier -Princesa- Radziwill.
Es la sutil diferencia entre la excentricidad y la vulgaridad. La distancia entre una Hilton y una Bolocco. Entre una mujer que tendría que nacer veinte veces para gastar todo lo que heredó, y otra con un padre que cree que usar tazones con sus iniciales le da estatus. Paris es la manera en que el primer mundo nos enrostra su superioridad industrial, el parte que la llevó a prisión es el gesto que nos restriega su superioridad moral, el chihuahua como accesorio chic el guiño que nos recuerda nuestra inferioridad estética. Liberen a Paris.