Las 7 pesadillas

El gringo no te visita Chile, te visita el paisaje. Te visita el fiordo, el desierto, el poblado étnico, la pascuense del sau sau, el moai, el salar, la caída de agua, incluso la ruca y la machi. Se entusiasma con el ciudadano étnico asumido, los niñitos aymaras de cachete colorado, el mapuche de ceño fruncido, el lugareño pintoresco. Pero el gringo no te visita lo que se dice la República, porque la República -todo eso contruido por el chileno y la chilena- por lo general es feo. No es distinto, ni exótico. Tampoco es creativo ni folclórico, sino simplemente feo. Horrible en algunos casos. Furiosamente horripilante en otros. ¿Existe algo que pueda explicar la existencia de Calama, de Tal Tal, de Alto Hospicio, de Osorno o Chillán ? El Faro de Apoquindo, gran parte de Vitacura, y las torres de alta tensión de Alonso de Córdova son ejemplos para postular la transversalidad del fenómeno. El chileno te afea, te empaña, te encochina el paisaje. Te lanza los pañales por la carretera, te pone monolitos en los cruces, te instala vírgenes de yeso en el primer cerro que encuentra, te construye con rabia sorda, te planta el árbol reseco en la vereda de pastelones disparejos, te adora el sitio eriazo, la cloaca a campo traviesa, el block en el descampado junto a la multicancha pichanguera, la rotonda con un jardín en medio que nadie puede usar. El chileno no urbaniza, sólo aglutina, decora y adorna. Te pone la blonda, te amonona y se resigna.


