Togas y torsos. Semana Santa tiene esa embriagante carga de erotismo religioso brindada por la tradición del peplum, la película de romanos, o griegos, o espartanos o simplemente de hombres en sandalias embutiendo el vientre inflando el pecho, siempre con esa pátina del sudor histórico que le saca brillo al bícep, al trícep, al cuadricep y al deseo. Con mi buen amigo DJ fuimos a celebrar la resurrección del señor asistiendo a 300, ambos terminamos consumidos por la ansiedad de lo prohibido. Cada toma nos robaba el aliento y nos ponía en comunión con el pecado. Atentos a las tendecias vimos una curiosa coincidencia entre la sabia explotación del torso de
Daniel Craig en Casino Royale, y la magnífica puesta en escena de
Gerard Butler y ese cuerpecito que dios le dio. Con un amigo artista con quien me comunico navegando en las incógnitas aguas del chat especulamos que los primeros años de la cristiandad son una fuente inagotable para excusar la multiplicación del desnudo masculino. ¿Qué es la Última Cena sino una reunión de osos y cachorros en torno a un
banquete? El movimiento bear del mundo debiera dar un paso más allá de la reivindicación del camionero sexy y sumar a su olimpo de íconos la imagen del apóstol cachondo. John Waters ya debe tenerlo en mente y Zeffirelli, viejo zorro, lo debió atisbar cuando dirigió esa inquietante Jesus de Nazareth, que si le quitamos al protagonista con semblante de esquizofrénico y delirios de grandeza, lo que tenemos es una notable pieza de homoerotismo, sólo comparable a la estampita universal de San Sebastián, que si nos ponemos rigurosos más que homo es transgénero. Felices pascuas.