
El mundo masculino-heterosexual-estándar siempre me ha parecido un vasto e insondable territorio lleno de costumbres curiosas, de temas aburridos y rituales insólitos surgidos de quien está criado en la opacidad del poder ya ganado. Si hay alguna característica que lo libra a uno de preocupaciones es que coincida el hecho fortuito de contar con un aparato urinario reproductor masculino con el, no menos fortuito hecho, de que te gusten las mujeres. La sola intersección de esas dos variables, bastante ramplonas, le concede al sujeto el poder de actuar como una mayoría simbólica. Aunque las mujeres sean más de la mitad de la población, tienen trato y son concebidas como un grupo minoritario con día incluido, el clavelito chulo, y el especial de tv sobre mujeres/en/oficios/rudos/que/conservan/su/femeneidad (close up en la taxista embardunándose con lápiz labial). Esa condición de mayoría asegurada hace que del hombre heterosexual estándar solo se espere una cosa: que se le pare. Mientras más, mejor. Esa sería básicamente la única preocupación, y sobre los prolegómenos de ese acto se centran la mayor parte de las conversaciones, reflexiones e hitos de su existencia del adolescente, el socio del futbol club, el empleado medio, el gerente, el kioskero, el obrero, el universitario: hablar de la mina rica, atisbar tetas, fantasear con el culo de la marlencita, chistocear con la lolita, cerrarle el ojo a la vecina, toquetear a la empleada, puntear a la china, atracarse a la secretaria, ponerle nombres de dos sílabas a la vagina.
Su relación con la mujer/dama/mina es por lo general, un trato complejo, variante, zigzagueante, entre el vacío y la fantasía, entre el gesto civilizado y la urgencia de la entrepierna. El episodio del obrero que decidió que una micro llena no era impedimento para entregarse al vicio de onán y desperdiciar su simiente sobre la mochila de la lola /jumper estupefacta y angustiada me dejó con un vacío en la panza, sobre todo cuando leí que la madre del sujeto lloriqueba por los diarios diciendo que su hijo era bueno, que debió haber una equivocación. Una húmeda equivocación. A juzgar por las últimas denuncias -que aseguran que el restriegue colectivo es una costumbre antigua y masiva y que no está originada en el Transantiago- al menos al tipo no se le puede acusar de hipócrita. En lugar del restriegue furtivo fallido se dejó llevar por sus humores y decidió mostrar sus intenciones en plenitud y hasta el final. Esto me lleva a pensar que la distancia entre la erección y la penetración es una brecha la mayor parte del tiempo insatisfecha y resuelta en la frustración del acceso a un cuerpo anónimo que nunca se concreta. Tampoco acaba. Sin duda el tema del acceso al cuerpo ajeno y anónimo es una fantasía colectiva. El sexo furtivo es un patrón que, según las evidencias de las colegialas, ronda las horas peak, el clímax del transporte público desde el principio del tiempos.
El mundo masculino-homosexual-estándar ha resuelto este dificil trance entre el dicho, el hecho y la fantasía del roce secreto con la creación de lo que sea quizás su mayor logro después de la bola de espejos: El dark room. Será sórdido pero es voluntario y nadie le paga a nadie.
El mundo heterosexual-estándar está buscando resolverlo con carros del metro separados (bueno han tenido vías de solución informales menos presentables como el café toples, el sauna express y las niñitas que se pasean solas por el centro)
¿Es tan difícil enfrentarlo con algo más simple y bastante más civilizado como decirle al sujeto de la fantasía por qué mejor no te vas a restregar con tu hermana que a mi me das asco?