Mucho antes que yo fuera Tanto Gusto era pupilo en un establecimiento educacional semi rural a los pies del Cerro curiyorkeano, cercado por un canal y vigilado por esos pájaros negros que hacen un curioso vuelo tipo
sea harrier antes de lanzarse en picada contra su presa, que yo nunca supe si eran ratas o gusanos. Para mantenerme despierto en clases me concentraba en asuntos de relevancia tales como las arrugas de la Miss Ester o la caspa de Espinoza con quien nos unía el hecho de ser los dos únicos del pueblo en disfrutar de la consola de juegos Odissey de Phillips, la menos popular del mundo, y por lo tanto, con un escasísimo número de juegos en el mercado lo que obligaba a Espinoza a hacer causa común conmigo.
Bendito Ravotril, mi cómplice en esa época, era más sociable, cazaba a rifle postón y camuflaba su destino manifiesto con la amistad de Antonio, alias la payasa, que tenía un papá que a mi me ponía cocoroco y a Bendito igual pascual según declaraciones posteriores. Pero en ese tiempo mi amigo le hacía a la heterodoxia y pinchaba con una shiquilla que se llamaba Gloria y con otra que se llamaba Jime del ojo verde delineado (tengo pruebas). Yo, que siempre fui de una línea ya había decidido a los 9 -viendo Felix el gato un día que falté a clases y que mi nanita me hizo tostadas con miel para aliviarme la angustia- que mi coartada de disidencia sería simplemente el silencio y un poster de Cyndi pegado en la puerta de mi pieza.
En esa época yo tenía mis humores internos en hervidero y me dejaba aconsejar por un compañerito mayor, de los repitentes, que me tenía buena porque le provocaba curiosidad que yo supiera con tanta precisión la diferencia entre un adverbio y un adjetivo y no le importaba tanto que fuera el blanco de los empujones de los más rudos ni los sobrenombres coreados en mi honor y gracia.
El tipo se llama José Manuel y se corría la voz que a diferencia del Huaso Gil, el sí le había visto el ojo a la papa, pero como era piola no lo comentaba ni hacía alarde de su precoz desempeño entre piernas femeninas. A mi esa idea de caballerosidad con el honor de la mujer me enternecía y juzgué que debía aprovechar la inusual simpatía que le despertaba a ver si sacaba algo en limpio y lograba, a trevés de él, ver algo de aquel mundo ajeno conformado por los compañeros que jugaban futbol, se estimulaban con las pechugas de la negra Correa y encontraban divertido dar de postonazos a los pájaros. Sumando y restando calculé que el hecho que no quisiera golpearme era una oportunidad que no debía desperdiciar. JM condujo nuestro singular compadrazgo por el ámbito del aleccionamiento. Por alguna razón trataba de darme cada vez que podía, lecciones sobre sexualidad centradas en la descripción recurrente, teórica y muy detallada de la mecánica del ejercicio masturbatorio, un fenómeno que creí físicamente imposible dada mi experiencia (tenía 10. En esa misma época y después de ver un video porno en la casa de Cabrera con Subiabre y Antonio -reunión echa a la fuerza por la profe de biología para un trabajo sobre las mitocondrias o algo así-, yo di mi veredicto: era evidentemente imposible que esa gente hiciera lo que acabábamos de ver frente a una cámara, y que seguramente los primeros planos eran nada más que modelos de plástico. Antonio refrendó mis argumentos con un escueto "eres bien maricón". La sabiduría del simple es apabullante.)
Después de que José Manuel me confiara los pormenores de su vida (padre fugado a España, madre castigadora, hermano tarado y complejo de tonto) trató de ampliar su labor de entrenamiento y hacerme hablar ronco. Me decía´que tenía que evitar alargar las vocales como lo hacía y exterminar ese extraño ritmo en mi discurso y devolver con puñetes, y no con pesadeces, las agresiones. Buscó la posibilidad de que jugara futbol, que empuñara el rifle, que me interesara por su colección de la Papaya o sus casetes de Pink Floyd. Trató de hacerme gancho con la Pollo, la fea del curso, infiriendo segumente que por la ley de los equilibros universales era la que me correspondía, con todo su acné y su mirada de niña pasmada. Yo respondía a sus esfuerzos con un poco de resignación y otro poco más de hastío. El esfuerzo duró poco más. JM comenzó a alejarse y yo comencé a aliviarme por no tener que hablar ronco y volver a la entretención solitaria y a la contemplación de las arrugas de la miss Ester.