Tango

El señor que vende el papel higiénico en el baño de varones del subterráneo de la Biblioteca Nacional es tangómano y ensaya pasos de baile a la salida del urinario. Si uno le mete conversa, canta. Yo le pedí Los mareados. Con el tango me acordé de una entrevista a Horacio Ferrer (letrista de Balada para un Loco) que leí en Página 12 en donde cuenta que vive en el hotel Alvear. Como Cocó Chanel. Esa es mi meta. Vivir en un hotel y pedir servicio a la habitación.
Supongo que el señor además de pasar el papel mantiene el baño y vigila la conducta del usuario. Es curioso como el baño público se presta transculturalmente para menesteres indecorosos. Creo que la primera vez que pensé en el fenómeno fue cuando vi Susurro en tus oidos, la historia del dramaturgo Joe Orton y su debilidad por los baños de Hyde Park. Andy Bell (vocalista de Erasure) en una entrevista a Melody Maker (circa 1996) contaba de que la primera vez que pensó que se estaba perdiendo de algo bueno fue cuando en un baño de un cine un señor le mostró su orgullo en plenitud. Yo no le creí mucho. Debió haberlo pensado de mucho antes. Dejando de lado la accidentada visita de George Michael a un servicio de parque tenemos que Truman Capote conquistó a su última pareja en un baño de Nueva York (bueno "conquistar" es mucho decir, esa relación fue más bien un acuerdo financiero) y Piglia se inspiró en un romance de urinario para su "Plata quemada" que arranca en una caseta de los baños de la estación Constitución. A lo mejor por eso el tango solitario.




