jueves, junio 30, 2005

Cure

Hace unas semanas, alguien me dijo que los ochenta eran nada más que una larga canción de The Cure. Ahora recuerdo una película de Mike Leigh que se llama Career Girls sobre dos amigas que se conocen en la adolescencia tardía y se reencuentran ya adultas. La trama es simple. Un retrato de la transformación de las relaciones con el tiempo, las etapas que se queman, las cosas que ya no se hicieron, el cariño y las frustraciones. Durante toda el relato solo hay una cosa que se mantiene: siempre hay un nuevo disco de The Cure con su respectivo concierto anunciado en alguna esquina de Londres. Siempre estaban allí como telón de fondo desde el período en que las chicas vestían chaquetas de cuero y lucían el pelo verde, a la época del traje sastre y horario de oficina. Ahora que Bob Geldof volvió con el Live 8 veinte años después de los conciertos Live Aid en beneficio de los niños africanos que sufrían la hambruna (iniciativa copiada en EEUU con USA for Africa y el insufrible we are the world) me puse a pensar en todas las estrellas de la época que ya no existen y que eran lo máximo el 85. En los Frankie Goes To Hollywood, en los Thomson Twins, en OMD en Wham! y no cuento más porque me pongo a llorar. Hice el arriesgado ejercicio de viistar sus paginas de fanáticos. De ver a los fans de mi edad pidiendo su retorno, comerciando los albums descontinuados, fotografiando a los integrantes ya pasados en años, en kilos y en hastío de sus seguidores. (Casi) todos ya no estan. Qué será de todos nosotros cuando Roberto deje el rouge y se corte las mechas.

lunes, junio 27, 2005

harto

Llueve harto. Une vez dije eso en medio de una tormenta. Dije "harto" que para nosotros es naturalmente "mucho" pero que afuera resulta un giro curioso que combinado con el tono que se eleva puede transformarse en burla. O al menos en sonrisa. Hace seis años por estas fechas estaba lloviendo harto en Buenos Aires. Era una lluvia cerrada que oscureció la ciudad que recorríamos Martín y yo en su muy argentino auto mientras nos reiamos un poco de su madre que me encontraba encantador con mi acento tan latinoamericano, "como si ella fuera de París", le dije yo al otro que se puso colorado por la ocurrencia de la señora. Esa tarde estacionamos el auto en un parking del tren de la costa y decidimos que la lluvia se ve mejor sobre rieles y en coche comedor que en cuatro ruedas. Fuimos de ida y luego de vuelta. El horizonte eterno hace que las tormentas se vean diferentes. Una sensación de paisaje inabarcable que parece cliché pero que es una de las imagenes más fuertes del recuerdo. Era la tercera vez con él en Bs As.
La primera había sido unos seis meses antes en un restorant de avenida de mayo en donde me encontró conversando con el barman y dos señores octogenarios con sus respectivos poodles que me hablaban del ambiente de los 50, cuando uno de ellos había visitado Santiago y lo único que recordaba era una mujer borracha en la calle, " mientras acá era todo como París, ¿recordás Facu?". Yo me reía a carcajadas por la ocurrencia y él metió la cuchara y me preguntó de donde sos, y uno de los ancianitos le dijo que chileno, que acaso no lo notaba. Dejalo hablar a él, le contestó Martín que andaba de corbata y yo me preguntaba cómo lo sóportaba con el calor que hacía.
Esa noche la rematamos en la Giralda comiendo churros con café con leche y haciendo planes para el día siguiente. Nos encontramos en el cine Metro y vimos Quieres ser John Malkovich. Dimos la vuelta seguimos unas cuadras y nos sentamos en la terraza del café del Colón. Nos reimos. Me preguntó si acá toda la gente era así de malaleche como un servidor y yo le dije que yo me encontraba un tipo en extremo dulce pero con conciencia de que el mundo es muy amargo como para andar derramando la glucosa por las puras. Esta tarde nos paramos en Rivadavia, la mitad de Bs As y la avenída más larga del mundo, y me dijo, señalando en sentido contrario al del Río, mirá cuando vos te vayas cada vez que mire hacia allá, derecho, vas a estar vos con tu malaleche en Santiago con "harto" que hacer. "Seguro" le contesté, después de apuntarle que acababa de comprender en plenitud lo que significaba la porteña expresión chanta.
Esa tarde decidí irme de ahí al otro día. Me fui a Montevideo y volví a Buenos Aires solo para tomer el avión de vuelta. Creo que de puro tarado le di mal mi teléfono al amable guía, él me dio el suyo y su correo. De regreso me dije a mi mismo que mejor hacer como si nada, pero había llamado a mi trabajo pidiendo que me avisaran que se me había quedado mi grabadora. No esperaba volver a saber de él Apenas lo llamé de vuelta le dije si no se le ocurrió una excusa más improbable que intentar devolverme una grabadora inexistente. Por último la cámara de fotos. Me dijo que no porque estaba "harto" preocupado. Me había notado un poco torpe, "bastante, la verdad", en mi manera de conducirme por la gran ciudad y como no lo llamé y mi teléfono de la casa no funcionaba se le figuró que alguien me había atropellado, asaltado, secuestrado y él sin saber. Entonces recordó el sitio en donde le mencioné que trabajaba y llamó. "Ahí me tranquilizé , fijate vos". En lo sucesivo siguió llamando a casa a la misma hora, o cerca porque en esa época yo no usaba celular.
Para la lluvia era la tercera vez que pasábamos por Rivadavia y decía la misma frase chanta de la calle que se extiende hasta Santiago. Cuando vino a visitarme yo traté de encontrar aquí algo grandioso como la avenida más larga que cruzara la avenida más ancha del orbe y fuera a dar directo a la otra orilla, pero no di con nada que me sirviera para hacer una declaración así de chanta y lucir mi condición de local. Así que le dije humildemente: oye, te extraño harto.

jueves, junio 23, 2005

38°

Tengo un problema. Estoy con gripe. El médico me dios tres remedios los que ingerí en cuanto llegué a casa. Los tres me los suministré de manera consecutiva y algo espaciadamente entre las 19.00 y las 19.20. El conflicto surge con la indicacón "cada 8 horas". ¿Deberé despertarme a las 3 am para tomar la póxima dosis? ¿No me hará peor levantarme a esa hora que quedarme en cama abrigadito y esperar una hora decente? Tengo mal sabor de boca ¿Serán los medicamentos? Tengo la impresión de que no me subí el cierre después de hacer pipí en el baño de la clínica. Que plancha. Tengo fiebre.

lunes, junio 20, 2005

El radar de los murciélagos

Vi Batman. Me gustó. Me gustan los superhéroes resentidos. Como los X-men. Soy como ellos pero sin músculos, ni poderes, ni capas, ni trajes de lycra. Sólo coincido en la peor parte, la que no tiene ninguna satisfacción estética. Adivino los embustes, las estrategias de ataque camufladas. Hago mis juicios privados, sumarios y doy mis veredictos. Eso nunca me satisface del todo. Sigo esperando que me vengan a pedir perdón. Podría hacer una lista de deudores. No son muchos, pero me abruman. Tengo cierta urgencia de venganza que crece con los años. Hay noches en las que me duermo repasando las cuentas pendientes y mañanas en las que me levanto para continuar la revisión. Una vez leí que dejar sobrevivientes en un ataque es peligroso, que si vas a arrasar debes arrasar con todo y todos. Algunas de mis cuentas pendientes no leyeron el consejo. Me gusta sentir que soy ese tipo de peligro.

Visos

Entre las cosas inútiles que uno a veces piensa, que no son pocas, quizás bastantes -más de las que uno se imagina- hay una idea con un cierto tufillo racista que me inquieta. Tiempo atrás leí una noticia, replicada por muchos medios alrededor del mundo, sobre la inminente extinción de los rubios, o más bien de la rubicundidad como característica fenotípica frente a la arremetida demográfica de los oscuros del sur en Europa. La noticia era atribuida a un centro de investigación de algún país escandinavo (para quienes supongo debía ser una especie catástrofe nacional) que finalmente nunca existió. El estudio era falso. Nadie se había preocupado de verificar la investigación, todos habían enganchado con el atractivo resultado. El moreno futuro era de verdad incierto.
En eso pensaba yo una tarde lluviosa mientras esperaba que mi taxi llegara. La noticia se me vino a la mente cuando vi aproximarse a un grupo de cuatro mujeres, oficinistas en su hora de almuerzo. Mujeres de estructuras físicas disímiles, pero todas de un tono de piel criollamente amarillo. Rostros en donde la pachamama se adivinaba por aquí y por allá, confundida por el ancestro andaluz paticorto y seguramente oliváceo. Fue en el momento en que me dieron la espalda cuando el anhelo por lo rubio se expresó en todo su espledor. Cabelleras resecas, mejor o peor peinadas, crespas, lisas, todas exhibían en menor o mayor grado, con mayor o menor desparpajo la secreta ambición rubia. El rayito cuidado, la oxigenación a la brutanteque, el blondon que no agarra, el sacrificio L'oreal, la esperanza de los visos de Wella. Las cabezas de esas mujeres eran la última expresión de la masificación de la industria del cosmético cimentada en gran parte en un racismo ancestral. No tengo cifras pero apostaría que la venta de los colorantes rubios debe superar en más de 2:1 al de los colorantes oscuros. Millones de millones que se mueven por la expresión más inocente de una idea políticamente incorrecta en la era de la oenegés.
Lo escalofriante es que todos esos millones que justifican y perpertúan el anhelo blanco son financiados por la mayoría morena y amarilla. Las Raíces de Kunta Kinte cobran un nuevo sentido gracias a las tinturas. No se puede ir en contra de las raíces, siempre aparecen. Eso lo saben hasta las rubias taradas.

viernes, junio 10, 2005

Efecto Rochester

Creo que la primera vez que me enamoré fue de Luke Skywalker. Todos debieron hacerlo de Han Solo, pero yo, retorcido, lo hice de Luke. Pudo ser peor, pienso ahora que miro a Cheewaca en un anuncio del diario. No recuerdo haber identificado en aquel tiempo la perturbación que me provocaba la imagen del futuro Jedi, o el dolor de guata frente a una de sus fotos con la noción de enamoramiento. Tal vez si de una inquietud intensa que no valía la pena contársela a nadie.
Mi segunda vez fue mi tormentoso romance con Rochester, el solitario y millonario héroe de la tarada de la Jane Eyre. Fue un verano en Duao. El riesgo de sufrir un paro respiratorio neurótico al verme enfrentado a dos meses a merced de mi abuela y mis hermanos en medio de ese gran sitio eriazo que ellos llamaban playa me empujó a refugiarme en la novela de la Bronte, Charlotte. El temor del veraneo psicológicamente tóxico dio paso a los suspiros prolongados. Mi aspecto debió verse sombrío, distante, tumbado con el libro de tapa dura y lomo rojo. Yo era una mancha diminuta en ese mar de arena plomiza que angustia el paisaje de la provincia de Licantén. Algo de los highland escoceses llevaba yo a cuestas aquel verano. A medida que avanzaba en mi lectura mi desesperación aumentaba al ver como el héroe postrado se consumía en sufimiento. No se trataba del deseo que me encendía Robert Taylor en Los Tigres Voladores (serie de un erotismo desatado que yo seguía con las ansias de un adicto con síndrome de abstinencia), lo que yo sentía era amor, y bueno, algo de compasión. O más bien bastante. Harta. Con Rochester se instaló un mecanismo perverso en mi corazón. Aquel que provoca que para mi el amor limite al norte, al sur, al este y al oeste con la compasión. El sujeto carente, golpeado por la vida, incluso el tarado que no se da cuenta de su deficiencia puede acceder rápidamente a un lugar en mis sentimientos. Así como la amistad para mi surge con la complicidad y el disfrute de la maldad conjunta, el amor aparece clandestinamente muy cerca del asistencialismo. Soy de los que prefieren a Al Pacino ciego y gruñón en Perfume de Mujer, o se derriten con el Tony Soprano atormentado. A veces quisera seguir amando a Luke.