Llueve harto. Une vez dije eso en medio de una tormenta. Dije "harto" que para nosotros es naturalmente "mucho" pero que afuera resulta un giro curioso que combinado con el tono que se eleva puede transformarse en burla. O al menos en sonrisa. Hace seis años por estas fechas estaba lloviendo harto en Buenos Aires. Era una lluvia cerrada que oscureció la ciudad que recorríamos Martín y yo en su muy argentino auto mientras nos reiamos un poco de su madre que me encontraba encantador con mi acento tan latinoamericano, "como si ella fuera de París", le dije yo al otro que se puso colorado por la ocurrencia de la señora. Esa tarde estacionamos el auto en un parking del tren de la costa y decidimos que la lluvia se ve mejor sobre rieles y en coche comedor que en cuatro ruedas. Fuimos de ida y luego de vuelta. El horizonte eterno hace que las tormentas se vean diferentes. Una sensación de paisaje inabarcable que parece cliché pero que es una de las imagenes más fuertes del recuerdo. Era la tercera vez con él en Bs As.
La primera había sido unos seis meses antes en un restorant de avenida de mayo en donde me encontró conversando con el barman y dos señores octogenarios con sus respectivos poodles que me hablaban del ambiente de los 50, cuando uno de ellos había visitado Santiago y lo único que recordaba era una mujer borracha en la calle, " mientras acá era todo como París, ¿recordás Facu?". Yo me reía a carcajadas por la ocurrencia y él metió la cuchara y me preguntó de donde sos, y uno de los ancianitos le dijo que chileno, que acaso no lo notaba. Dejalo hablar a él, le contestó Martín que andaba de corbata y yo me preguntaba cómo lo sóportaba con el calor que hacía.
Esa noche la rematamos en la Giralda comiendo churros con café con leche y haciendo planes para el día siguiente. Nos encontramos en el cine Metro y vimos Quieres ser John Malkovich. Dimos la vuelta seguimos unas cuadras y nos sentamos en la terraza del café del Colón. Nos reimos. Me preguntó si acá toda la gente era así de malaleche como un servidor y yo le dije que yo me encontraba un tipo en extremo dulce pero con conciencia de que el mundo es muy amargo como para andar derramando la glucosa por las puras. Esta tarde nos paramos en Rivadavia, la mitad de Bs As y la avenída más larga del mundo, y me dijo, señalando en sentido contrario al del Río, mirá cuando vos te vayas cada vez que mire hacia allá, derecho, vas a estar vos con tu malaleche en Santiago con "harto" que hacer. "Seguro" le contesté, después de apuntarle que acababa de comprender en plenitud lo que significaba la porteña expresión chanta.
Esa tarde decidí irme de ahí al otro día. Me fui a Montevideo y volví a Buenos Aires solo para tomer el avión de vuelta. Creo que de puro tarado le di mal mi teléfono al amable guía, él me dio el suyo y su correo. De regreso me dije a mi mismo que mejor hacer como si nada, pero había llamado a mi trabajo pidiendo que me avisaran que se me había quedado mi grabadora. No esperaba volver a saber de él Apenas lo llamé de vuelta le dije si no se le ocurrió una excusa más improbable que intentar devolverme una grabadora inexistente. Por último la cámara de fotos. Me dijo que no porque estaba "harto" preocupado. Me había notado un poco torpe, "bastante, la verdad", en mi manera de conducirme por la gran ciudad y como no lo llamé y mi teléfono de la casa no funcionaba se le figuró que alguien me había atropellado, asaltado, secuestrado y él sin saber. Entonces recordó el sitio en donde le mencioné que trabajaba y llamó. "Ahí me tranquilizé , fijate vos". En lo sucesivo siguió llamando a casa a la misma hora, o cerca porque en esa época yo no usaba celular.
Para la lluvia era la tercera vez que pasábamos por Rivadavia y decía la misma frase chanta de la calle que se extiende hasta Santiago. Cuando vino a visitarme yo traté de encontrar aquí algo grandioso como la avenida más larga que cruzara la avenida más ancha del orbe y fuera a dar directo a la otra orilla, pero no di con nada que me sirviera para hacer una declaración así de chanta y lucir mi condición de local. Así que le dije humildemente: oye, te extraño harto.